Yo creo que la muerte perfecta cae de sorpresa, es inesperada y casual. No hay agonía ni despedidas, ni la incansable ansiedad que uno debe de sentir esos últimos días. Es perfectamente insensata. Cruzas una calle cuando un estudiante de manejo es traicionado por los nervios. Una bala regresa del cielo con la fuerza suficiente. Un gato desconectó el tubo de gas convenientemente ubicado junto al calentador de agua. Un niño pierde un par de canicas en el último escalón. ¡Pum, estás muerto!
Memorablemente absurdo. ¡La ultima jodida broma de la vida!
Mi bisabuela murió así. Según recuerdo, era una mujer fuerte y bien longeva, una mañana fue por un kilo de tortillas para apilarlos junto a los otros kilos de tortillas que tenía en su pared; al regresar resbaló en la entrada. Unas horas más tarde el lugar estaba lleno de queridos y personas morbosas. El olor a café de olla y rumores de “¿cómo murió?” eran lo que había para aventar, en la parte de enfrente estaban tres nietas desconsoladas recitando, entre sollozos, kleenex y una biblia. Yo los veía desde atrás, y cada vez que pasaba una de mis tías, o peor, mi abuelo, trataba de esconderme entre las personas. Después me fui a ver en la tele una película de vampiros que preferían cátsup. Luego llegó mi padre al cuarto y para mi sorpresa llegó a repartir regaños. Me dijo que como podía ser tan insensible e insensato, “tú viendo la televisión y al lado está tu mamá orando por su abuela”. Pensé: “¡Ella fue la que se murió, ¿nosotros qué?!”, pero ya me habían dicho que era demasiado insensible e insensato como para todavía decir semejante estupidez —o eso seguramente habrían pensado. Los niños son tontos y no saben nada bien.
Pasé los siguientes días evitando cuanto pude a los más afectados, algunos me atraparon, y tuve que escuchar las letanías —cada uno a su manera— donde me convencen de no estar triste, donde la abuela bis había ido a vivir al cielo. A los niños, la gente los consuela por que son tontos y no entienden nada bien, ¡vulnerables, tiernas, pequeñas criaturitas!
En fin, la abuela bis tuvo suerte. Murió toda insensata de los afectados y de los que los sufrieron. No se dio cuenta de nada, ni siquiera supo que el kilo de tortillas no iba a llegar a su pared, y afortunadamente no supo de toda la gente que iba a invadir su casa los días posteriores. Uno de esos días le hice una pregunta cuando estaba sólo. Cerré los ojos y le pregunté: «¿Qué sigue?» ¿Volvemos al planeta? ¿Hay un dios rencoroso listo para pasar cuenta? ¿Damos otra vuelta? ¿O no hay nada más?
Pero nunca me contestó.
Es que nunca fui su bisnieto favorito.