Los días pasados he estado terriblemente lento. Para dar un poco de movimiento por acá, al fin me decido a publicar esta pequeña historia que he escrito.
Me encantaría presentarles un relato soberbio. Pero la escritura y yo, no nos damos mucho que digamos. Así que advertidos están; de continuar la lectura a los próximos párrafos, no podré regresarles su preciado tiempo. Sin mayores pretensiones, y apoyando estas iniciativas tan interesantes como lo es el CETH, les presento mi historia.
“Grandes, Los Hijos del Destino”
El lugar estaba lleno de colores. Algunos bailaban mientras otros se escondían. Veía espirales, escaleras, formas y figuras. Flotaba entre ellos. Entonces, el más terrible del conjunto se abalanzó sobre mí una vez mas.
Abrí los ojos. Había despertado.
—¿Has visto mi diccionario? —Preguntó Carlos de mala gana—, ¡El azul! Ayer lo dejé aquí. ¡Ya se me ha hecho tarde, me voy! —Tomó la que alguna vez fue mi mochila mensajera y rápidamente salió.
Miré alrededor. Ahí estaban las paredes, verdes como un pútrido tomate, me observaban quietas en su lugar, como mofándose. Me senté sobre el viejo edredón que saca chispas. El reloj marcaba las trece con veintiuno, pero ese reloj siempre marcaba la misma hora. Hacia calor, más que el de ayer y mucho más que el del día anterior.
—¡Ay carajo! —Dijo Carlos, que había regresado—, encima, el día esta bien soleado. ¡¿Encontraste mi diccionario?! —Estaba por decirle que no, cuando señaló—: ¡Claro que no, como vas a encontrar algo tú ahí reposando! —Tomó su bata de laboratorio y nuevamente se fue.
Unos minutos después, tal vez veinte me levanté, ya era tiempo de prepararme. Elegí la playera roja y los pantalones de ayer.
Caminé al parque. Me acerqué a comprar una botella de agua mineral cuando vino hacia mí: —Soy María —dijo una chica con cabellos rosados y oscuros, el rostro ovalado y los labios rosas—. ¿Tú crees en el destino? —Unos segundos después, con la mirada fija en el fondo, asentí como el que no quiere, con la cabeza.
—¡Entonces, es esencial que me ayudes a encontrarlo! —Levanté un poco la ceja derecha—. ¡Al Destino! ¿Me ayudarás? —Preguntó con los ojos bien abiertos, y a pesar de que no había decidido todavía, agregó—: ¡Debemos apurarnos!
Tomó mi mano derecha y la llevo junto con ella.
Corrimos. Pasamos a través de personas, de niños, de casas, de edificios, de gatos, de perros, de calles y de avenidas. Nunca soltó mi mano. No sabía a donde íbamos. Parecía que habíamos corrido por tantos lugares y por tanto tiempo. Me sentía tan cansado. Entonces, de golpe me detuve.
—¿Qué pasa? —Preguntó María, que parecía no tener cansancio alguno—. ¿Ya no quieres continuar? ¡No lo hemos encontrado, aquí no esta el Destino! —Me senté y llevé la mirada al suelo—. ¿Ves todas esas huellas qué hemos dejado? ¡Quiere decir que estamos más cerca! —Habíamos dejado tantas marcas qué serian difícil de contar exactamente.
Volví la mirada y vi su rostro, la suya era una silueta que contrastaba lo brillante del cielo. Extendió su mano y dijo—: Levántate. Podemos caminar si lo prefieres. Pero dijiste que iríamos juntos, hay tantas cosas que quiero hacer y tú ahí reposando.
Caminamos. Esta vez pude ver a las personas, a los niños, a las calles, a las casas y a los animales. —Sabes, —dijo María con la mirada perdida al cielo—, estoy segura que alguna vez lo vi. Comía una manzana y ahí estaba, por un segundo, estaba frente a mí. Traté de atraparle, pero ya no supe a donde fue. —Y sonriente, como el que encuentra a un viejo amigo, agregó—: Era color verde.
Aunque no entendí si se refería a la manzana o al Destino.
Durante el camino pensaba. Me preguntaba qué es lo que María haría cuando atrapara al Destino. ¿Por qué tenia tanta urgencia por alcanzarlo?, ¿Por qué yo nunca lo había visto? Ella solo sonreía, la suya, una autentica sonrisa. Tan animada. No podía evitar cuestionarme qué tantas cosas pasaban por su mente. De vez en cuando miraba bien a su alrededor, como queriendo devorar cada detalle en el entorno. Yo, trataba de esquivar cada mirada.
Entonces lo vimos. Estaba parado, justo frente a nosotros, era el Destino. Tan delgado como larguirucho, tan estúpido y tan liviano. Nos miraba burlonamente, parecía divertirle nuestra persecución. —¿Lo ves? —Susurró María a la vez que extendió su brazo para evitar que diera yo paso alguno—. ¡Te dije que era verde! —Sonrió igual que antes, pero continuó atenta—: debemos ser listos, no podemos dejar que se escabulla de nuevo.
Cuidadosamente nos acomodamos. Uno de cada lado para cerrar el paso, como un par de cazadores acechando a su presa. —¿Estas listo? —Preguntó María justo como lo hace el actor cuando rompe la cuarta pared.
«Sí».
El Destino, quieto en medio, a intervalos miraba a María y luego a mí, como si pudiera ver el As que escondíamos bajo la manga. Entonces, María, con los dedos de su mano izquierda contó:
Uno. Dos. ¡¡Tres!!
Ambos corrimos a atraparlo, corrimos como nunca. Lo podía ver, el Destino estaba confundido, nos acercamos cada vez mas, abrí mis brazos como María abrió los suyos, y entonces, en lo que pareció una milésima de segundo, el Destino dio un salto. María y yo, chocamos como dos trenes.
Abrí los ojos. A pesar de que la sentia conmigo, María no estaba. Sabía que habíamos fallado. Sabía que el destino había vuelto a huir. Sabía que no volvería a ver a María.
Me senté sobre el seco pasto, y miré alrededor, buscando algún indicio de a donde había ido ahora el Destino. El soleado día estaba por terminar, la Luna, temerosa, se apoderaba del terreno que el Sol había olvidado, y colgaba una estrella en cada parcela ganada.
Sonreí. Algo había cambiado en mí, ya no me sentía igual. Gracias a María ahora creía en el destino, gracias a ella ahora podía verlo. Entonces decidí que algún día, por el mejor camino, lo alcanzaría.