Planeaba escribir algo acerca de los recientes brotes de infame gripe porcina en México y el mundo. Pero descubrí que no sería ni remotamente interesante. Al notar los síntomas, al centro de salud; y mucha suerte para todos (si fuera cristiano podría emplear la frase: que dios nos agarre confesados), al final de cuentas al que le tocó, le tocó.
Ahora para continuar con esta bonita entrada que no conoce ni conocerá sustancia alguna, un texto dedicado a mis zapatos tennis:
Los compré en Diciembre de 2005 cuando deambulaba por las calles de Jojutla, se parecían a mí, eran Converse de esos que estaban de moda hace como cuarenta años, café y verde. ¡Y se murieron los desgraciados!
Con ellos podía caminar, podía correr y podía quitármelos si me daba por nadar. Me hacían ver guapo y decente (¿qué pensaría la gente de uno si uno no vistiera calzado alguno? No, no, no, ¡qué escándalo!). ¡Y se murieron los desgraciados!
Pasamos junto a incontables otros tennis, zapatos y zapatillas; Pisamos charcos, chicles, churros, papeles y cacas de perro. Nos caímos en el parque en una primera cita y un viejo hizo la rica mofa de nosotros. ¡Y se murieron los desgraciados!
Tenían montones de manchitas de colores de agua, aceite y oleo, que fueron cuando experimentábamos con los pinceles viejos. También el derecho tenía un navajazo y el izquierdo una mordida ligeramente marcada como ultimo recuerdo de mi perro. ¡Y se murieron los desgraciados!
Y el día de ayer, de la nada, derecho decidió que nuestro tiempo había sido suficiente, cediendo a una gran grieta por la suela, figúrese la parte inferior del Titanic. Y aun sabiendo lo mucho que detesto ir a comprar zapatos… se murieron los desgraciados. ¡He dicho!
Y para finalizar, remataremos con “El Danubio Azul”, interpretado por la banda explosiva de Monthy Python’s Flying Circus: