El día de ayer fue largo, caluroso, bochornoso y aburrido; sin embargo aprendí algo. Abrí los ojos y vi la cara de Ross: «tienes que acompañarme al banco». En mi cabeza se revolcaron palabras y frases como: coño, es muy temprano, hace un chingo de calor, que hueva, me duele la cabeza… pero respondí con un simple: okey.
Cuatro horas, tres adviles, medio sándwich y una foto de fresas en su más puro estado silvestre (¿o qué, las fresas no crecen en los mostradores de las juguerías?) después, me di cuenta que la visita al banco no fue tan terrible como creí que sería, pues extraordinariamente, acompañado de Ross:
- Los coches dan el paso. ¡No más frogger en cuarta dimensión!
- Las operaciones bancarias que antes habían estado difíciles ‘mi estimado’, ahora son cuestión de un par de tecleadas.
- Los ejecutivos de escritorio se vuelven graciosos y hasta platicadores.
- Gente que no conozco le da por socializar y llaman mi atención gritándome: ¡mamacita! (¿O será que se referían a mi madrecita? ¿En semana santa?)
En fin, es toda una experiencia ir acompañado al banco de una mujer bonita.