¡Han pasado doce días y yo no me he ni asomado por aquí! ¡Pero qué bloguero tan más desnaturalizado!
Sucedió que se me presentó un proyecto de la nada, y por puro capricho personal: Desarmar mi habitación. Deshacerme todo objeto estorboso, conejos de polvo que no me sorprendería fueran de hace años, ropa que no me queda desde hace bastante tiempo y sobretodo darle una buena pintada, que el color wasabe/alien había perdido su appeal y ahora solo resultaba ahogante.
La tarea, sencilla: sacar todo objeto del cuarto, lavar el piso, pintar de un color decente, meter nuevamente los muebles y voila.
¿Cuánto tiempo podría tomar? ¿Un par de días quizá? ¡No! Me extendí bastante, el caos era mucho mayor de lo esperado, ¡al parecer guardo más objetos que veinte abuelitas juntas! Y con la computadora desarmada y perdida en algún lugar entre la sala, el comedor y hasta el baño, donde fueron a dar todos los muebles temporalmente.
Ocho litros de pintura, dos playeras desgraciadas y cinco rebanadas de pizza con pepperoni después; en un movimiento que ni yo mismo me esperaba, me encontré pintando unos changos en mi pared. ¡Unos changos!

Muriel, Ciro y Sócrates Sandro, respectivamente.