Les voy a contar una historia con mucho respeto.
No. Corrijo. Les voy a contar una anécdota, con mucho respeto.
En un acto de amor combinado con tradición, al nacer, mis padres decidieron que sería católico. A las pocas semanas se realizó mi bautizo, si no me equivoco, para borrar cualquier pecado original. Debemos ser terribles durante la gestación. Orgullosos me llevaron hasta la pila de agua, donde el padre René, un hombre ejemplar y mi padrino desde ese día, sumergió mi mollera en agua bendita.
Desde ese día han pasado más de 7,300. Esa fue la primera y —al menos hasta ahora—única vez que formé parte de cualquier ritual religioso. El asunto del ser omnipotente nunca ha sido lo mío. Aunque cuentan interesantes historias, debo admitir.
Luego un día, justo al llegar por vez primera a lo que es mi dulce, dulce hogar, en la parte superior, que da hacia la calle, había un Cristo. Una gran cruz con la figura de Cristo encima, o frente a ella, dependiendo el ángulo en que se viera.
Era grande. Casi muy grafica.
Decidí que sería hipócrita mantenerla en ese lugar, presumiendo de fe que nunca he compartido. Después de todo en realidad nunca fui católico. Sin embargo, tenía problemas para quitarla. “No seas ridículo” repetía en mi cabeza. “solo es una figura.”
Días después me subí a una silla, y ante la mirada atónita de mi vecina, descolgué la figura del sitio donde había estado quien sabe por cuantos años. Rápidamente entré a la casa y, en algún lugar perfecto donde esconder mi crimen, la guardé. A la mañana siguiente, cuando despertaba pude escuchar:
«Cuelgue a su Cristito doña Rosi.»
Era la vecina. Mi madre sonrió —o al menos eso pienso que hizo—y entró a la casa. Me fui a la escuela; largo día. Regresé a esa hora en que el sol está por irse al otro lado, dejando apenas unos rayos naranjas sobre casi cualquier superficie.
La figura estaba de vuelta.
Pero nadie la había colgado de regreso. Ni tampoco hablo de una manifestación sobrenatural para hacerme entender alguna lección en particular. No; eso sería demasiado egocéntrico.
El tiempo había hecho que la cruz marcara la silueta de la figura. Esos son 4 artículos, suficientemente racional.
Pero no para mi vecina: “¿Ya ve doña Rosi? Diosito está siempre con uno.”
Esta vez sonreí yo en mi habitación. Y me acordé de algo que había escuchado alguna vez, y no recuerdo donde, pero decía algo así: Benditos los creyentes, ir por este mundo sin fe alguna es el peor de los infiernos.
Está bonito, ¿no?
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